El susurro de los adultos: mi recuerdo de infancia del 23-F

Un encuentro casual con mi antigua catequista me ha devuelto un recuerdo de infancia: la tarde del 23 de febrero de 1981, cuando el miedo de los adultos se colaba en susurros que un niño de siete años no entendía, pero sí percibía.

Grupo de padres y madres conversando en voz baja al atardecer frente a una parroquia, en un ambiente de tensión contenida, estilo fotográfico de los años ochenta

Esta mañana me he cruzado con una mujer a la que, para ser sincero, no conseguía ponerle cara. Ella, en cambio, se acordaba perfectamente de mí. Me ha preguntado si de pequeño hice el catecismo en la parroquia de San Miguel, y cuando le he dicho que sí, me ha contado que ella era una de las catequistas, que a mi hermano y a mí nos vio crecer por el barrio y que, aunque nunca tuvimos mucha relación, guardaba un recuerdo claro de aquellos críos. Yo, en cambio, apenas conservo imágenes sueltas de aquellas tardes de catecismo. Salvo una. Una tarde muy concreta que, cuarenta y cinco años después, sigo recordando con una nitidez que todavía me sorprende.

Catecismo en San Miguel, un paso que no elegíamos

A finales de los años setenta y principios de los ochenta, hacer la comunión no era una opción entre varias: era prácticamente el único camino posible para un niño de mi edad y de mi entorno. Todos los chavales del barrio pasábamos por las mismas clases, en la misma parroquia, sin que a nadie se le ocurriera preguntarnos si aquello encajaba con nuestras creencias, sencillamente porque a esa edad todavía no tenemos creencias propias que defender. Uno iba al catecismo igual que iba al colegio: porque era lo que tocaba, porque lo hacían los demás, porque los adultos ya habían decidido por nosotros que aquel era el orden natural de las cosas.

No guardo memoria de los contenidos de aquellas clases, ni de oraciones aprendidas ni de láminas de colores. Lo que sí recuerdo es la rutina: la tarde entre semana, la sala parroquial, la mujer al frente explicando algo que a mí me interesaba bastante menos que salir a jugar. Era un trámite social antes que una experiencia espiritual, y como tal lo viví, sin darle más vueltas, hasta aquella tarde de febrero en la que todo cambió de textura sin que yo supiera todavía por qué.

La tarde en que los mayores susurraban

Recuerdo con precisión el momento en que mi madre vino a recogerme aquel día. No recuerdo el frío ni la hora exacta, pero sí recuerdo el gesto de los adultos: madres y padres agrupados a la salida, hablando entre ellos en voz baja, casi en susurros, con esa forma de mirar de reojo que tienen las personas cuando quieren compartir algo pero no están seguras de si la persona que tienen delante piensa igual. Había un cuchicheo generalizado, un ambiente de secreto compartido a medias, como si todos supieran que algo grave estaba ocurriendo pero nadie se atreviera a decirlo en voz alta delante de un desconocido.

Yo no entendía nada de lo que se estaba cociendo en ese corrillo de adultos, pero entendía perfectamente el tono. Los niños somos así: no procesamos el contenido de una conversación de mayores, pero registramos con total exactitud la temperatura emocional que la envuelve. Y aquella tarde la temperatura era de miedo, un miedo contenido, disciplinado, que se manifestaba en volumen bajo y frases cortadas a medias en cuanto alguien nuevo se acercaba al grupo.

Lo que un niño de siete años no entendía, pero sí sentía

Solemos repetirnos que un crío de siete años no se entera de lo que pasa a su alrededor, y usamos esa idea como coartada para hablar delante de ellos con total naturalidad de cosas que quizá no deberían escuchar todavía. Yo soy la prueba de que esa coartada es, como mínimo, incompleta. No entendía nada de golpes de Estado, ni sabía que esa misma tarde un teniente coronel de la Guardia Civil había entrado en el Congreso de los Diputados pistola en mano gritando que nadie se moviera. No tenía ni idea de la diferencia entre una democracia y una dictadura, ni de lo que habría significado para el país que aquel intento hubiera triunfado. Cuando más tarde, en las noticias, salió aquella frase que se quedó grabada para siempre en la memoria colectiva española, a mí me sonó a algo lejano, casi ajeno.

Pero el miedo de mis padres y del resto de adultos del barrio no me sonó lejano en absoluto. Eso lo capté entonces, con siete años, aunque no supiera ponerle nombre; lo sigo percibiendo ahora, cuarenta y cinco años después. Los niños no entendemos de política, pero somos extraordinariamente sensibles al lenguaje no verbal del miedo adulto, y esa tarde el barrio entero lo estaba hablando en ese idioma.

Cuarenta y cinco años después, una memoria que no siempre se cuenta

Este año, casualmente, Antonio Tejero ha muerto el mismo día en que el Gobierno desclasificaba los documentos secretos sobre aquel golpe de Estado. Cuarenta y cinco años después de aquella tarde, el protagonista más fotografiado del 23-F ya no está, y una parte de los papeles que explican lo que ocurrió entre bambalinas empieza por fin a salir a la luz. Me parece un buen momento para preguntarme qué hacemos con recuerdos como el mío, que no son historia con mayúsculas ni aportan ningún dato nuevo sobre lo que pasó, pero que conservan algo que ningún documento desclasificado puede recoger: la textura emocional de cómo se vivió aquello desde abajo, desde la estatura de un niño que salía del catecismo.

Probablemente miles de personas de mi generación guardan, como yo, no el relato de los hechos sino el eco del miedo de sus padres aquella tarde. No hace falta haber estado en Madrid ni haber entendido nada de investiduras y golpes de Estado para llevar ese recuerdo dentro: basta con haber sido un niño en algún rincón de España aquel 23 de febrero, esperando a que le vinieran a buscar mientras los mayores hablaban raro.

De hecho, esta misma mañana se lo he contado, entre risas: que el recuerdo más nítido que conservo de todas aquellas clases de catecismo es precisamente esa tarde. A ella le ha hecho gracia la coincidencia, y me ha confirmado algo que no esperaba: que ella también se enteró del golpe estando allí dentro, con nosotros, sin entrar en más detalles. Cuarenta y cinco años después, dos personas que apenas se conocían de vista siguen compartiendo, sin haberlo hablado hasta hoy, el mismo instante suspendido: el momento exacto en que el mundo de fuera empezó a filtrarse, en susurros, hacia el interior de una sala parroquial.

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